viernes, 15 de junio de 2007

Capítulo primero



Pensaba en las musas, o en las musarañas. Tenía un sentimiento extraño, una sensación extraordinaria, una presión insostenible que era el origen de todo lo que estaba por nacer.
-Caray...
Había recibido el correo, el correo exprés, las malas noticias que siempre llegan más rápido que las buenas. En el interior del buzón había cuatro cartas agazapadas, cuatro cartas unidas por una misma mala intención. Las cuatro cartas y los cuatro palos que me iban a dar.
A saber:
Una carta de despido del trabajo, una carta de despedida de una chica que abandonaba la nave antes del hundimiento definitivo, una carta del banco con muy mala pinta y los números rojos -la tinta roja que corría por la cuenta corriente-, y una última carta de propaganda en la que se anunciaba un restaurante chino que había abierto recientemente en el barrio.
Ya estaba el complot oriental al completo, arramblando con los cuatro pilares de la vida confortable: el dinero, la comida, un poco más de dinero y un poco más de comida.
Pero con buena voluntad siempre se sale del paso, hombre, que no hay nadie por detrás poniendo zancadillas.
Eso es lo que entonces pensaba.
Pero aun así:
-¿Sientes la presión?
Me decía una voz por dentro.
Yo era profesor de árabe. Me habían echado de la academia por escribir de izquierda a derecha, en lugar de hacerlo en el sentido contrario que se estila en oriente por llevar la contraria. Lo cierto era que el Centro Islámico del barrio de Ruzafa, en Valencia, había decidido la contratación de profesores nativos, profesionales en el cultivo del Corán que venían directamente de Arabia Saudí -de la península arábiga a la península ibérica- y que dominaban perfectamente el árabe clásico, con todas sus consecuencias.
Yo manejaba bien la lengua –o, al menos, lo suficientemente bien-, pero de religión la verdad es que sabía poco.
Así que estaba en la calle.
Lo mejor sería dar un paseo para relajar un poco los músculos, refrescar las ideas, y cenar algo barato en un restaurante chino, aunque fuera a esas horas intempestivas en las que abundan los gatos pardos. Abundan en todas partes menos en los alrededores de los restaurantes chinos.
En la hojita de propaganda del restaurante se decía: Sigue al conejo blanco.
-Pues vamos a la caza y captura...
Y de la chica que me había dejado la carta de despedida lo mejor era no hablar siquiera. Que tuviera buen viaje, y punto. Así me quedaba más ancho.
El barrio donde vivía era de población joven, colorista, multicultural. Había mucha cultura por todas partes. Eso, la cultura. Abundaban los chavalillos marroquíes y argelinos, atléticos, medio fondistas, rápidos de manos y ágiles como ellos solos, que en un descuido se colaban en busca de la mejor cartera. Y aunque mi cartera no era de las mejores que había, tenía que conservarla mejor que nunca, pues no estábamos para más pérdidas extraordinarias.
Era el culto al dinero, lo reconozco. Pero es que el dinero era mío, qué quieres.
El barrio, por lo demás, era un sitio bastante tranquilo y ameno; nadie te molestaba, los vecinos no te conocían, se oía música variada por las calles, alguien cantando en los balcones..., y yo muriéndome de hambre camino del restaurante chino.
Pensaba que los restaurantes chinos no eran más que tapaderas. Había muchos, eran muy baratos, y siempre estaban muy vacíos. Era insostenible el negocio. ¿Por dónde entraban los billetes? Seguramente entrarían por el sótano, que es por donde siempre se cuelan los bajos fondos...
Y en la esquina de una calle de cuyo nombre no puedo acordarme había una tipita con aspecto de juguetona. Tenía un conejito blanco enganchado en la solapa del vestido. Así que me puse a rascar la cartera, a ver si tenía bastante.
-Sigue al conejo blanco...
Recordaba la publicidad del restaurante chino. Era una coincidencia. O tal vez una señal.
Puede que la chica estuviera esperando el autobús...
-¡Hola, soy el número siete!
Le dije.
Y mirándome de arriba a abajo, y al no encontrarme la puerta de entrada, la chica respondió:
-Setenta veces siete...
Yo hice un rápido cálculo -que me llevaba cerca del número quinientos- y me asusté del número tan elevado al que llegaba. Y pensé que de poco le había aprovechado la cita bíblica a la muchacha... Además, esa voz me sonaba demasiado masculina, travestida, asociada a un nombre que intuía sería el de Manolo.
-¡Hola, soy Belisario!
Me dijo.
Y nos chocamos las manos.
-Yo soy Daniel.
Daniel Bum, perdido en una noche cualquiera de la ciudad de Valencia, que había confundido los conejos blancos con los gatos pardos...
-Qué calor hace esta noche..., ¿no crees?
Me decía el gato pardo.
-Dímelo a mí...
Yo no me explayaba mucho, la verdad.
-¿Por qué lo dices?
-¿El qué?
-Lo del calor.
Aunque él intentaba sonsacarme todo lo posible.
-Por la temperatura, por qué va a ser...
El modelito que llevaba el tal Belisario era de aúpa: de color pardo o negro, ajustado a sus carnes abundantes, y con unas medias puestas en una noche de verano.
-Ahora entiendo lo del calor...
Lo más lógico del mundo.
-Así no se me notan los pelillos...
Pues mucho no disimulaba los pelillos de las piernas, según se veía. Un poco más abajo de las piernas, en el pie, el tal Belisario calzaba unos tacones de altura.
-Son nuevos, ¿ves?
Me decía, señalando unos tacones de vértigo de los que se sentía orgulloso. Y caminaba unos metros de aquí para allá, para enseñarme todo el conjunto.
-¡Ay...!
Pero la prueba no le salió bien, pues en ese momento Belisario tropezó con el bordillo de la acera y se fue a pique, cayendo con todos sus kilos como un fardo de carne descompuesta; las piernas danzando en el aire, los tacones también apuntando arriba, y los labios hablando y pidiendo un poco de ayuda para levantar ese cuerpo serrano.
-Creo que me he torcido un tobillo...
Qué lástima.
-No puedo caminar...
El sujeto era inasequible e inamovible, no había por dónde cogerlo. Era inabordable y no había forma de llevarlo a bordo, de subirlo a la espalda después de haberlo levantado.
Mejor sería probar a rastras...
-Rrrrsss...
Pero no se movía.
-Apóyate en mi hombro...
Le cedía una parte de mi espalda.
Y nos pusimos a caminar...
-Si quieres, te acompaño a casa.
-Creo que sí... Ya he trabajado bastante por hoy...
-¿Vives lejos...?
-No mucho...
Más valía que así fuera, porque el sujeto era denso y pesaba un montón de kilos. Un montón de kilos desordenados. Además, yo siempre me liaba con el nombre de las calles...
-Vale, ya me irás diciendo...
Y luego el sujeto me hablaba de sus asuntos. Que era nuevo en el oficio, que esa noche estaba de estreno..., y que todo se había quedado en un debut y despedida.
-¿Es por aquí...?
-Sí, sigue...
Belisario me indicaba el camino recto y seguía contándome sus desventuras.
-Pues si yo te contara las mías...
Le decía yo.
-Cuenta, cuenta...
Él se interesaba por mis problemas, por simpatía o por empatía, no lo sé, puede que por ponerse en mi lugar, supongo. (Eso sería la empatía, entonces.) Yo agradecía su interés, porque esa noche necesitaba desahogarme con quien fuera.
-Que estoy en la calle...
Belisario miraba al asfalto, al cielo abierto, a las paredes de los edificios..., para llegar a una conclusión evidente:
-¡Sí, es la calle...!
Decía él, haciéndose el sorprendido, mirando las paredes con ojos desorbitados, encantado, eufórico.
-¡Estamos en la calle!
Pero yo no quería perder el rumbo de la marcha.
-¿Es por aquí...?
-Sí, hombre, no te vas a perder...
Aunque no me vendría mal perderme un poco y darle un poco de oscuridad a estos malos presagios, a un futuro que se preveía también oscuro.
Al fondo se veían unas lucecitas.
-¡Aquí es...!
Era un edificio de cuatro pisos, discreto, grisáceo, camuflado en medio de la calle, rodeado de otros edificios antiguos de la época del ensanche de la ciudad, en el siglo antepasado, cuando el barrio de Ruzafa se unió a la ciudad de Valencia. El barrio de Ruzafa... Por aquí es por donde entró el rey Don Jaime durante la Reconquista, como antes había entrado el Cid. ¿O el Cid entró por el norte? No me acordaba. Eran otros tiempos...
-Parece un buen sitio...
En el barrio se veían algunas sombras dispersas en medio de la noche, con el bolso al hombro, la falda corta, arrimadas a las farolas, puestas en las esquinas, esperando la llegada de sus respectivos autobuses. Y mientras el autobús llegaba, ellas se entretenían durante unas horas con lo que fuera llegando.
Belisario llamaba al portal.
-¡Toc, toc, toc!
Daba un taconazo en la puerta con el zapato en la mano, para que se oyera bien.
Y como nadie abría la puerta ni descorría el cerrojo, Belisario decidió utilizar unas llaves que sacaba del bolsillo, unas llaves gigantescas, misteriosas, antiguas, a tono con el edificio de renta antigua y vecinas viejas.
-Las vecinas estarán durmiendo…
Nos adentramos en el portal hasta llegar a la escalera, un lugar a oscuras hasta que Belisario encendió una bombilla. Yo miraba por el hueco de la escalera, hacia arriba, y preguntaba por la duración del suplicio que me faltaba por recorrer:
-¿En qué piso vives?
-En el tercero…
Es decir, en el penúltimo, porque no había más que cuatro pisos en el edificio (y porque cuatro menos uno es igual a tres).
-Pero mejor que me subas hasta el cuarto…
-¿Vamos a visitar a alguna vieja…?
Me interesaba por la edad y condición de los vecinos de Belisario.
-No, no es una vieja. Es una vecina de confianza…
¿Estaba la confianza reñida con la edad?
-A ver si me cura el tobillo…
Es decir, que en el cuarto piso había una joven y amable vecina, y encima de confianza.
-¡Vamos…!
Pero aún había cuatro pisos por delante, no sé cuántos cientos de escalones, y ningún ascensor a la vista.
-¿Qué le pasa al ascensor?
-Que aún no lo han puesto…
Yo recorría los escalones a pasitos, de uno en uno, sin prisa entre los rellanos, pues no podía tener prisa subiendo por esta pendiente escalonada y con semejante fardo de carne al hombro.
-¿Cuánto pesas…?
Le decía.
-Ochenta y tantos…
El ocho y el cero, el ocho y el uno, el ocho y el dos, o no sé cuántos kilos más, pensaba, mientras subía los escalones hasta el cielo con este angelote a cuestas, una carga que había que devolver a su sitio, un desparrame de carnes blandas, tórridas, aceitosas. Me resbalaba y casi no llegaba. En cada curva de la escalera el angelote rascaba la cal de las paredes con la punta de los tacones. Y en los rellanos intermedios tocaba los timbres de las vecinas, también con los tacones. Y nadie se despertaba. (Las vecinas no salían a recibirnos con los tacones puestos.)
En el último piso descargué el fardo de golpe.
-¡Pum!
Llamé al timbre y me abrió una lugareña legañosa, despertada por el ruido de los timbrazos anteriores.
-Éste dice que vive aquí…
-¿Quién…?
-Éste… Enciende la luz y verás…
La luz se encendió, yo me aparté, y la joven vecina vio tirado en el suelo a su vecino Belisario.
-¿Qué pasó?
Ni que hubiera pasado hace veinte años.
Belisario le explicaba cómo había caído tan bajo, cómo había bajado hasta el suelo de golpe, pues no le funcionaron los tacones recién estrenados. Belisario se explayaba, contándole a su vecina los gajes del oficio, la mala suerte que le daban unos tacones mal puestos, una mala pisada, una noche en contra, qué sé yo…
-Sentaos.
Yo buscaba el escalón más confortable…
-Pero dentro, hombre…
Ahora buscaba un asiento de fieltro, un silloncito cuco y mono, una silla cualquiera, me daba igual.
-¡Toma!
Ella hacía rodar un taburete hasta donde yo estaba plantado, cerca de la puerta.
-Puedes cerrar la puerta, si quieres.
-Claro…
Y le daba un empujón a la puerta, plas, un portazo en medio de la noche.
-Cuidado, que la gente duerme a estas horas.
Vaya que si dormían... Creo que hasta el siglo que viene no se iban a despertar.
Luego me sentaba en el taburete de color naranja, acolchado, blandito, pequeño. Era justo lo que necesitaba. Para qué más.
-Gracias..., necesitaba un descanso.
-Pues descansa…
Uy, vale..., vaya humor que se gastaba la chica... Creo que aún estaba medio dormida. Menudo despertar.
Y el del pie malo, Belisario, se quejaba del dolor.
-Diana, ¿tienes una venda por ahí?
Ella estaba recostada entre almohadones, tumbada en el sofá como una maja vestida, medio vestida, o a medio desvestir. Yo creo que estaba durmiendo desnuda antes de que nosotros llamáramos a la puerta. ¿Por qué habíamos llamado? Podíamos haber entrado directamente…
Belisario se envolvía el pie con la venda. Lo hacía de mala manera, envolviéndolo hasta el tobillo como si fuera un regalo (como si el pie fuera una colonia, por ejemplo). Aunque la colonia era un mal ejemplo, pues el pie de Belisario no era más que un ejemplar maloliente, una pezuña sulfurosa de color morado.
-¡Anda, trae!
Diana ayudaba a Belisario a darle unas cuantas vueltas a la venda, estirando mejor y apretando un poco más.
-Esta venda es pequeña, Beli, ¿no lo ves?
-¿Beli?
-Se llama Belisario…
-Ya..., ha sido lo primero que me ha dicho…
-Es que estoy orgulloso de mi nombre…
La venda no era muy grande y no abarcaba todo el pie de Belisario..., que más que un pie era un barco lo que Belisario tenía, un pie gigante que crecía sin parar, un pie voluminoso y vertiginoso que se desbarataba…
-¡No lo muevas!
Le decía Diana, para que Belisario se estuviera quieto y dejara de mover el pie de una vez. Pero Belisario insistía en el movimiento, terne que terne, porque:
-Me haces cosquillas…
Diana le ponía la venda como podía, riéndose ella misma también.
-Esta venda no vale…
Había que buscar otra venda.
-¿Tienes más vendas, Diana?
Ni que ella se dedicara al tráfico de apósitos... Supongo que no tendría un almacén de vendas allí a mano…
Pues sí que lo tenía, vaya por donde.
-¿Por dónde?
-En ese armario…
Diana y yo revolvíamos los cajones del armario, tirábamos por el aire todas las prendas que allí había; las intimidades, las vulgaridades, las cosas más bajas y las más altas que servían de cubrimiento y sujeción a la anatomía femenina.
La intimidad de Diana quedaba esparcida por el suelo.
Al fondo del armario había un botiquín con una media luna roja. (Qué curiosidad, la media luna roja.) El botiquín estaba lleno de píldoras, pastillas, jarabes, y por supuesto también estaba lleno de vendas. Había que buscar una venda elástica y multiforme que fuera suficiente para la salvación del pie de Belisario.
Éste nos animaba:
-¡Por ahí...! Me ha parecido que algo se movía…
¿Una venda con vida propia?
Cogimos el pie de Belisario y empezamos a cubrirlo con la venda. De paso tapábamos el mal olor que producía un pie de dimensiones descomunales.
-Este morado no me gusta nada…
El pie tenía un color extraño, un aspecto abstracto, pintoresco y repugnante, como si fuera una abstracción mal pintada. El pie estaba siempre acompañado (por el otro pie) y esperaba urgentemente que alguien empezara con la cura.
Con Diana no se podía contar, estaba claro, pues a las primeras de cambio la chica se nos quedó desmayada sobre el parquet, envuelta en un sueño inmenso y repentino que se le acababa de caer encima.
-¿Que le pasa a ésta…?
-Creo que se ha desmayado…
-Pues vaya…
-¿Adónde?
-Que vaya panorama..., digo.
Ahora había una persona menos para curar el pie. Mientras yo le daba vueltas a la cosa (al pie), éste se movía al ritmo de las cosquillas; las cosquillas hilarantes, desatadas y últimas, pues el pie de Belisario se quedaba finalmente sujeto a la fuerza. No tenía otra posibilidad.
-¡Ahora pisarás con más fuerza…!
Le decía a Belisario, para animarle un poco.
Y su pie también se quedaba animado completamente, en pleno movimiento; y se desplazaba con el resto del cuerpo en busca de un vaso de agua.
-¡Toma…!
Y el vaso de agua se fue para la chica, plas. Se lo tiramos en plena cara.
El agua se suponía que estaba fresca, pues Diana se despertaba del desmayo, se frotaba los ojos, nos reconocía, y nos hablaba con las siguientes palabras:
-¿Qué queréis…?
Queríamos cenar un poco, eso es lo que queríamos. Algo para picar, lo que fuera…
-Cualquier cosa…
Nos arriesgábamos con lo que a ella se le ocurriera prepararnos. Nos picaba la curiosidad…
-¿Eso qué es…?
Señalábamos una bandeja que entraba en el salón-comedor.
Diana había improvisado una cena con lo primero que se le había venido a la cabeza, unos restos que tenía esparcidos entre la despensa y la nevera, los sobrantes de las últimas horas, días, o semanas. Y aunque a mí no me gustaban las improvisaciones ni los restos de comida, tampoco tenía mucho para elegir, así que:
-Vamos a probarlo por lo menos…
Belisario me animaba a probar un bocado, para no hacerle un desprecio a Diana.
Así que nos sentamos a la mesa.
Yo tenía un hambre de mil demonios, sólamente pensaba en comerme lo que tenía en el plato, fuera lo que fuera la masa informe que no sabría describir con palabras. Belisario también probaba alguna cosa del plato indescriptible, qué remedio.
Belisario era un sujeto hiperbólico, exagerado, con ciertos altibajos en el carácter y en la estatura (a veces parecía alto y a veces bajo). Ahora estaba un poco triste, en un momento bajo de ánimo, con un poco de tristeza en el rostro después de tanto ajetreo y movimiento como había tenido en una de sus extremidades inferiores (la pezuña del pie derecho).
-Toma..., bebe un poco.
Y le llenaba el vaso de vino a Belisario.
-¿Lo prefieres con gaseosa?
Le preguntaba Diana desde la cocina.
-¿Para qué?
-No sé..., para rebajarlo un poco…
-Deja…, deja…
Belisario quería probar el vino en todo su sabor, con todos los grados que tuviera, con toda su cabezonería, sin agua, ni gaseosa, ni medias tintas que lo adulteraran. El vino era cabezón y Belisario también.
-¿Tú no quieres?
-Bueno…
¡Por qué no…!
Mientras nosotros trepábamos por el alambique, emborrachándonos un poco, Diana se dejaba ver desde la cocina. Se asomaba y nos echaba un vistazo a través del marco de la puerta. Después nos echaba una botella de licor de melocotón.
-¡Toma…!
Belisario cogía la botella al vuelo, pum, y se dedicaba a llenar de nuevo el vaso.
Yo le decía, refiriéndome al contenido de la botella:
-¡Eso es una mariconada…!
Aunque Belisario se mostraba entusiasmado y sonreía.
-¡Pues mejor…!
Diana nos miraba y se reía también, graciosa, curiosa, culinaria (su culo estaba en la cocina, no conviene pasarlo por alto ni perderlo de vista, pues merecía la pena), y se burlaba descaradamente de nosotros.
-¡Os vais a poner morados…!
-Yo ya estoy morado…
Decía Belisario, señalándose el pie, que a través de la venda había ido cogiendo un color morado fosforescente.
-Y tú, ¿cómo estás?
Me decía a mí.
-Ya ves…
Estaba claro cómo estaba; colorista y optimista, viendo todos los colores del arco iris al mismo tiempo. Es decir, que no veía doble, ni triple, sino mucho más allá. Veía un número inconmensurablemente grande, igual al número de colores del arco iris.
-¿Cuántos colores tiene el arco iris?
-Yo qué sé…
A Belisario no le interesaba otro color más que el morado; y a Diana le picaba la curiosidad por ver a Belisario con los tacones puestos.
Os vais a poner las botas…
-Yo no puedo…
Belisario hablaba con realismo del tamaño de su pie, que había crecido un par de tallas en menos de dos horas. Era un pie brutal y realista. Belisario intentaba calzarse, pero no podía; el pie era demasiado grande y los zapatos le venían más pequeños que nunca.
-¡Es imposible…!
Y tiraba los zapatos…
-¡Toc, toc, toc…!
Decían los zapatos, rodando por el suelo hasta quién sabe dónde, quitándose de en medio y perdiéndose de vista.
Nosotros nos fuimos al sofá, donde nos encontramos más asentados.
-Aquí estaremos más cómodos…
Me decía Belisario, amablemente. Pero yo, por si acaso, me sentaba en el otro extremo del sofá. Dejaba un hueco inmenso en medio para que Belisario no se tomara muchas confianzas. Aunque él no veía mucho a esas alturas, pues ya estaba más bien ciego por el vinazo y el licor de melocotón que se había embutido. (Belisario tenía la cara roja y el aspecto general de un embutido.)
Yo notaba que Belisario quería acercarse. Lo hacía poco a poco, titubeando y marcando los pasos. Ahí venía.
La soldadesca.
Los pertrechos.
El arrastre de la pierna.
La cercanía de un peligro.
¡Descarguen!
Y Belisario descargaba un poco más de licor en su vaso.
Diana iba terminando con los cacharros de la cocina. Después se acercaba a hacernos un poco de compañía (a nosotros y a la botella), y nos pedía permiso para sentarse en medio de los dos.
-Puedo juntarme…
-¡Claro…!
Diana se abría al goce multitudinario y se sentaba en medio de los dos. (Sólo éramos dos pero nos sentíamos como si fuéramos una multitud, no sé por qué, qué cosa tan rara.) Diana tenía sitio de sobra en medio del sofá. Quedaba un poco suelta, la chica, aislada, perdida entre los cojines y las supuestas aspiraciones de dos muchachos -Belisario y yo mismo- que se iban acercando al calor de su cuerpo. Aunque creo que Belisario aspiraba a otra cosa, lo veía venir. Belisario y yo nos acercábamos a la chica suavemente, nos apretábamos contra ella, juntábamos muslo contra muslo. (A mí me tocaba el muslo derecho; cómo se notaba el calorcillo…)
Mi mano buscaba el contorno de Diana; la mano incierta, perdida, torneadora, que se iba por la cintura de la bella.
-Esa mano…
¿Eso era una advertencia o una llamada a la acción?
Nunca se sabe. Pero en todo caso, como no había dicho nada respecto de las piernas, la mía se quedaba donde estaba.
Yo hacía un equilibrio entre los dos, mirando a los pies de uno y a los de la otra. También a los míos propios, a los muchachos andarines que esta noche se quedaban y no pasarían de aquí. Los pies se estiraban tranquilamente. Mañana sería otro día.
De vez en cuando me introducía en la conversación, a ver qué pasaba y con quién (o pasaba algo con ella o no pasaba nada con nadie).
Diana cogía la botella de licor de melocotón y se atizaba un par de tragos rápidamente. Así recuperaba el tiempo perdido. Unas gotitas de licor de melocotón le rodaban por la comisura de los labios, por la barbilla, por el cuello, e incluso un poco más abajo.
Yo quería convertirme en una gota de licor de melocotón y seguir el mismo camino por el cuerpo de Diana. A mí también se me había caído una gota -quiero decir, una baba- a medida que pensaba en introducirme por el cuello de la chica y seguir más abajo, en busca del licor de melocotón y del tiempo perdido.
-¿Puedo…?
-¡Claro…!
Y me acercaba al sabor de melocotón de sus labios.
-¡Coge…!
Creo que la fruta ya estaba madura.
Diana se acomodaba en el sofá, plegaba las piernas sobre sí misma y nos hablaba. Nos demostraba su buena disposición en el manejo de la botella, y lo disponible que estaba el minibar:
-¡Tengo otra botella…!
Teníamos todo el tiempo del mundo…
Pero Belisario tenía prisa por echarse a dormir. El alcohol le había calentado la mollera más de la cuenta y le producía un sueño repentino. Los ojos se le quedaban en blanco…
Belisario perdió pie y se despeñó desde el sofá hasta el suelo. Allí se quedó dormido como un bendito; como Morfeo, hijo del Sueño y la Noche.

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